Charlatán.
- Hace algún tiempo emprendí la tarea de marcharme lejos del vicio que por varios años me había acompañado, sin embargo las tentativas siempre han sido llamativas, pasé lapsos de no más de dos semanas en las que lograba, sin ningún orgullo, dejar de fumar. Sin orgullo, porque esta como otras tantas tendencias en el ser humano es moralmente incorrecta de uno u otro modo. el orgullo se me fue gastando y con el tiempo, cundo me di cuenta, estaba poniendo en el pecho el recuerdo de lo que había sido. Afortunadamente para mí, el hombre donde quiera es bienvenido, también lo fue en la vergüenza de no saber decir no, bienvenido fui llevado por las favelas de aquella ciudad mítica: Vergüenza. Por la calle principal se podía ver una placa dorada con el nombre Eva y el nombre Adam, La polémica se respiraba alrededor del metal. En el centro de la ciudad, un grupo de hombres desnudos cantaban y gritaban con la mirada fija hacia el mar, no fue tan fácil liberarse de aquella imagen, la vergüenza es como el llano eterno aprisionado por el mar, algo imposible para la física del universo pero posible para el espíritu del hombre… y creo que decidí quedarme, me apasiona el humo, el instante muerto en la garganta, el rastro en mi chaqueta… y me trae recuerdos…
El humo se suspendía como un tobogán en dirección al cielo por cada rincón del cuarto rojo. De la mano a la boca, de la boca al cenicero, del cenicero a la mano, de la mano al labial. El naranja rojo se enciende y se apaga con forme el viento lo dispone, de a poco las diminutas líneas desaparecen y en las miradas se interpone su rastro, del humo van quedando las cenizas, las palabras salen y aquellas invisibles viudas del espacio buscan algo en que caer, se cuelan por las gargantas mojadas y desde el fondo del pecho son testigos de las ganas acumuladas en la ausencia de aire fresco que ellas mismas ayudan a matar, es una muerte microscópica, se lleva 200 células que harán falta el último día de vida.
Los escombros de la materia se derrumban palmo a palmo sobre el cristal trasparente del cenicero viejo, un cementerio de lamentaciones sin sonido yace ahí en el fondo. No queda más que el gris inservible del toxico que devuelve la vida por el instante frente a la muerte. En silencio sepulcral los otros 8 esperan en la cajetilla su turno, su instante moribundo, su mágico momento entre las manos de él y los misterios de ella, ahí esperan, en el bolsillo derecho de la parte interna del abrigo negro del sujeto perdido.
La niebla se vulnera como el cuerpo por las adversidades de su condición, ahora mismo sin quererlo es material de un pasado que lo ha succionado para tener donde suspenderse cuando la mirada se pierda en algún lugar de la pared blanca teñida de luz roja, donde dibujar las impresiones que parecieran no irse. Sin embargo, a pesar de ello, de los motivos, esta mirada viaja sola en dirección a los ojos enmarcados en color negro, inquieta permanece la niebla ante las miradas perdidas, sola, se siente abandonada, a su lado ya no cuenta con la mirada fascinada sin sobresalto de quien la expulso, de quien desato semejante momento, sin interés se eleva, sin una contemplación fugaz.
Por debajo de los hombros nace el huracán de una bocanada lanzada con fuerza sobre la mesa, los vestigios del tabaco se estremecen y amenazan con dejarse llevar en el fondo de cristal. Las manos, un poco más quietas, son como animales muertos que abrazan a los vivos mientras se incineran. Una nube amenaza con nacer, una nube sin lluvia amenaza con nacer… pero el filo de los cabellos negros desintegra el amasijo de vapores encerrándolos entre fragancias amaderadas y picantes. En vano el humo intenta liberarse y ante el inminente final muere abrazado a cada pelo, su nombre no ha sido necesario, lo importante fue que sus blancas manos con esmalte morado sostenían un libro de Goethe.
En el fondo del cilindro un poco de humedad, los labios no han ocultado la excesiva salivación, el dedo gordo pasa confirmando la preocupación, “ojala no me pida”. Un arrebato le aleja los dedos de la piel antes de tiempo, poco después de la mitad, justo en el momento en que los dedos empiezan a retroceder. El inevitable cadáver viaja echando humo por la única turbina rota, tocando el piso tirita el costado que no vera más la luz, un segundo y el caucho de la suela le roba la luz al costado que todavía la veía, ya el humo no puede salir, el pie lo aplasta y aniquila la muerte que vivía en él, otra vivirá para matar, otra ganara la batalla y lo aplastara a él, pero esta ya no funciona, está ya no mata, esta muerte es tan solo un objeto.
Se extingue el momento, el humo yace en el techo, los escombros en el cenicero, las colilla en el piso, el cáncer en la garganta, todo vuelve a estar quieto, la voz se siente desnuda, la música de las propias cabezas para, se escuchan tan fielmente el uno al otro que siente que las palabras entran por algún lugar de sus riñones y extraen todo lo que necesitan, un gesto inoportuno pasa por la cara pero logra morir en el anonimato porque los ojos que lo pudieron ver también miran para adentro. La información visual revive al paladar, un beso quiere vivir pero un vicio lo obliga a morir, la mano viaja lenta al bolsillo
- ¿Te atreves a decir que no?
La voz lo saco del recuerdo y le devolvió la mirada.
- No… gracias. Hoy solo quería pasar a hablar del cigarrillo que me fumo todos los días… los veo mañana…
- Pero como asi, me va a dejar con la mano estirada?
Fin.